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Sueño Erótico en la universidad

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El edificio de la universidad se levantaba imponente sobre la calle principal. Apenas eran las ocho de la mañana, y ella y un par de amigos andaban, todavía medio dormidos, hacia la entrada. Mientras subían las pocas escaleras que conducían a la puerta principal, uno de ellos hizo un comentario sobre cómo estaba de buena una chica de primero, y ella rió, diciéndole que ni en sueños se la haría. Entonces dirigió los ojos hacia el rincón donde siempre miraba cada mañana. Y allá estaba él, fumando con sus colegas antes de entrar a clase. Fumaba de una manera tan sexy… Ella no podía dejar de mirarlo y él finalmente se dio cuenta. Le clavó su mirada, oscuridad, directa, penetrando, y la saludó con la cabeza mientras sonreía un poco. Ella le volvió el saludo mientras el corazón se le disparaba. No podía apartar la mirada. Él, en cambio, no tuvo ningún problema para dejar de mirarla y seguir hablando con sus amigos. Mientras pasaba de largo y entraba a la escuela, ella no podía dejar de hacerse la misma pregunta: pero por qué me pone tanto? No tenía sentido, no era lo más guapo, ni el que estaba más fuerte, ni el que vestía mejor. Pero aquella mirada… y aquellos brazos y aquella espalda y aquellas manos…sólo de pensar sentía como se le tensaban los músculos, bien adentro.

Era una atracción que no entendía, pero lo que si sabía era que, fuera por el motivo que fuera, no lo podía evitar. Lo deseaba. Lo deseaba profundamente y no había vuelta de hoja. Quería que la empotrara y le hiciera de todo. Y cada día tenía más ganas.

Más tarde, en una hora libre, subió a la planta 10 a hacer un café. Subió sola, sus amigos tenían clase o les hacía pereza subir hasta allá. Justo antes de que las puertas del ascensor se cerraran del todo, alguien las volvió a abrir desde fuera. Era él. Pareció sorprendido de verla, e intercambiaron algunas palabras mientras el ascensor subía. Él también iba a hacer un café a la planta 10. Ella ya hacía rato que se había quedado sin respiración. Sólo en un ascensor que tenía diez plantas por delante? Era demasiada tensión sexual como para poderla aguantar.

Él calló, y ella no supo que más decir. Lo miró intensamente, esperando que sus ojos dijeran lo que ella no se atrevía a pedir: “hazme toda tuya, porfavor”. Por un momento, sus miradas se cruzaron, y él pareció entender lo que los ojos de ella proclamaban. Durante un segundo eterno, él se quedó serio, con los ojos brillantes, y ella habría dicho que estaba a punto de acercarse más, o de decir algo… Pero de golpe las puertas del ascensor se abrieron, él apartó los ojos y salió. El momento había pasado. Decepcionada, ella también salió y se hizo un café en la máquina. Él hizo un par de bromas, que ella le rió nerviosa, pensando todavía en aquel extraño clima que se había creado dentro del ascensor. Cuando ella iba a coger el azúcar, él se giró para coger su dinero. Ella se distrajo mirándole el culo y el paquete de azúcar le cayó al suelo.

Se agachó a recogerlo, y por una fracción de segundo, pensó que aquella era una postura un poco sugerente. Tenía el culo en pompa, que se le marcaba bien con aquella falda ajustada que traía, y desde donde él se encontraba también tenía visión directa dentro de su escote, y podía ver bien la forma de los pechos, encarcelados por un sujetador de ensambladura. Sin moverse de posición, levantó la cabeza para mirarlo y pudo comprobar, con sorpresa, que él había pensado lo mismo. Su mirada había cogido aquella chispa de deseo que a ella le había parecido ver en el ascensor. Había contenido la respiración, su cuerpo estaba tenso. Ella tragó saliva y notó como empezaba a excitarse. Pero no se movió. Él avanzó el escaso metro que los separaba y alargó el brazo para cogerle la barbilla. Ella tuvo que abrir la boca para poder respirar y no
ahogarse. La mano de él hizo presión hacia arriba, y ella se levantó, encontrándose más cerca de él de lo que nunca lo había sido. Él empezó a mover la mano hacia abajo: le acarició la mandíbula, después el cuello, el hombro, el brazo, la cintura… Ella se sentía a punto de explotar.

De golpe, un ruido los sobresaltó. Un profesor había salido de su despacho de proyectos e iba hacia los ascensores. Se apartaron el uno del otro rápidamente. El profesor ni se los miró cuando pasó de largo. “Lavabo”, dijo ella, sin pensar, con un hilo de voz teñida de desesperación. Él la miró con una mezcla de excitación y divertimento a la mirada, y asintió. Ella se dirigió hacia el lavabo de chicas (siempre estaría menos concurrido que el de chicos), entró y puso la cara contra el espejo. Le quemaba. Suspiró. “ Dios mío, que está pasando? Vendrá? O me lo he imaginado todo? Cómo he podido decirle que fuéramos al lavabo? Qué pensará?”. El corazón le iba a cien y todo el cuerpo le temblaba. Entonces la puerta se abrió, él apareció, y los nervios, la vergüenza, todo se diluyó ante el deseo que le quemaba por dentro. Se le echó encima, contra la puerta. El beso todavía los encendió más. Pasaron la aldaba. Él le bajó las medias mientras le recorría el cuello con los labios. Ella le abrió los pantalones mientras le besaba el pecho. Ya no era consciente del todo del que estaba haciendo, sólo se podía concentrar en aquel momento, en sus anhelos hechos realidad por fin. A su mente borrosa de vez en cuando se escuchaba algún pensamiento inconexo: “cómo me ponen sus manos, le saco la camiseta?, oh madre mía…”

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El silencio lo habían roto hacía rato con sus respiraciones, cada vez más agitadas. Él le puso la mano entre las piernas, notándola totalmente mojada, y ella gimió más fuerte de lo que pretendía. Él le tapó la boca con la suya. Ella dejó que su propia mano buscara por dentro de sus calzoncillos, y cuando lo tocó él dejó escapar uno gruñido bajo. Aquello todavía la excitó más, y empezó a mover la mano mientras él también movía la suya. De golpe, él la apartó, la empotro contra la puerta y la giró de espaldas a él. Acabó de bajarle las medias y las bragas, y le levantó la falda. “Dios mío, por fin…” fue el único que a ella le pasó por la cabeza mientras esperaba, ansiosa, a que todos aquellos meses de fantasías se convirtieran en realidad. “Va, a que esperas…!”.

Un sonido estridente la sobresaltó de golpe. Hizo un salto y abrió los ojos. Desconcertada, se encontró un aposento oscuro, iluminada sólo por el móvil, que tenía la alarma sonando.

Lo había soñado todo. La rabia y la impotencia, mezclada con el deseo, que aún no se le había apagado, la hicieron saltar de la cama y de poco no tira el móvil contra la pared. Había sido tan cerca, tan cerca… Entonces se paró, se miró al espejo. Se agachó en la misma postura que, en su sueño, lo había excitado a él. Y sí…? Por qué no? Abrió el armario y sacó el conjunto de ensambladura que se había comprado hacía poco. Seguidamente, buscó aquella falda ajustada y la camiseta con escote. Sonrió.

Quién dice que no podemos hacer realidad nuestros sueños si no lo intentamos?

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